Por mucho que aparentemos esperarlo, nunca creemos que lo malo nos vaya a pasar a nosotros. Siempre queda esa esperanza, esa maldita esperanza que parece socorrerte y después es un profundo puñal que se clava, vaya que si se clava, en donde más nos duele: las ganas de seguir adelante y luchar.
Porque cuando caes, cuando pierdes, entonces es cuando realmente te das cuenta de que nada ni nadie está asegurado y que no se puede dejar margen a la suerte. Nunca. Tal vez este sea el principal motivo de nuestras desgracias: la suerte. Jamás le verás las cartas al jugar y no sabrás sus intenciones. La suerte jamás tuvo consideración ni empatía. Por ello, hay que evitar por todos los medios posibles jugar con ella.
De mis 18 años de experiencia en este lugar llamado mundo, he dejado muchas oportunidades en sus manos. A veces me ha sonreído, otras me ha traicionado. Pero aquellas veces en las que he logrado lo que espero a base de esfuerzo, trabajo y constancia, son las veces que más seguro he tenido mi éxito. Y por supuesto las veces que mejor me ha sabido. Pero es muy cómodo dejarlo al azar, y que pase lo que tenga que pasar, siempre esperando que eso que pase sea en nuestro beneficio. Porque es cierto que los sueños, aunque nos empeñemos, no se consiguen por arte de magia, porque la palabra éxito sólo viene antes que trabajo en el diccionario.
La esperanza en nuestras esperanzas es un falso optimismo que encubre la falta de confianza en uno mismo y en nuestras capacidades para afrontar los retos sin tener que recurrir a la suerte. Pero muchas veces no es culpa nuestra, sino de nuestra inocencia. El hecho de que quede esa ilusión de que si, que todo irá bien, no es optimismo, es inocencia. Una inocencia derivada en muchas ocasiones de la ignorancia. Con esto no quiero decir que quien tiene esperanzas es un ignorante, no se puede generalizar algo tan arriesgado. Pero si es cierto que las personas que más ignoran la dureza de la vida, suelen ser las que más confían en las esperanzas de que aquello que quieren que salga bien no se les tuerza. Desgraciadamente, muchos somos inválidos psicológicamente, y nuestra silla de ruedas es la suerte.
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