martes, 27 de noviembre de 2012

Es pronto para despertar.

Hoy, sigo con mi plena felicidad. Si, después de dos meses continúo y la verdad que no sé hasta cuando me durará este estado de Nirvana. Lo que si sé es que me lo merezco. Si, joder, Madrid está compensando todas mis malas rachas en las que no veía el fin. Podría decir que no hay un motivo concreto para sentirme así de bien, o podría decir que hay muchos motivos. Pero es él, son sus caricias, su manera de tocarme, es su dulzura al besarme y cómo me hace sentir cuando estoy con él. Su forma de tranquilizarme, de hacerme reír, de abrazarme. Sobran las palabras, pero me hace sentir como una princesa. La princesa que no quiere despertar nunca de este cuento. Su princesa. Y es que el simple hecho de que me vea guapa recién levantada con mi cara más deshecha y los peores pelos que se me ocurran  me hace aún más feliz. Que soporte todas mis tonterías y encima le gusten, que me haga vibrar. Y, sinceramente, prefiero mil veces que me diga lo mucho que le gusto y que quiere estar conmigo y nadie más a que me regale los oídos con piropos que, al fin y al cabo, podrían ir para cualquiera. Me gusta su originalidad para decirme las cosas, su forma de arrastrar los pies cuando camina, sus miradas, y aunque nunca se lo vaya a reconocer...estoy pillada por su sonrisa. No cambiaría nada de él, me gusta tal y como es. Tío, que me encantas.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Quien me diría a mi...

Son las 2:42 de la mañana y llevo un buen rato intentando buscar una palabra que resuma las vueltas que ha dado mi vida en la última semana. No ha sido fácil, pero he conseguido encontrarla: Madrid.
Quién me diría a mi que hace tan sólo cinco días estaba en Navarrete, puede que durmiendo con Toby en mi cama. Quién me diría a mi que para darme cuenta de que tengo unas amigas fabulosas haya hecho falta tanta distancia.Quién me diría a mi que necesito verlas por skype o hablar con ellas por teléfono tanto como ducharme cada mañana. Quién me diría a mi que viviría sin mis padres y mi hermano bajo el mismo techo. Quién me diría a mi que a medida que escribo esto no puedo evitar llorar. Quién me diría a mi que escuchar un mensaje de mi abuela en el contestador del teléfono de mi nueva habitación me daría tantas ganas de estar alllí con ella, darle un abrazo enorme y llenarla de besos.Quién me diría a mi que si, que mi sueño de estudiar en la capital se esté haciendo realidad. Quién me diría a mi que conocería el verdadero significado de Sentimiento Colegial por dentro. Quién me diría a mi que coger el metro sería una de las acciones que más realizo ultimamente. Quién me diría a mi que de la noche a la mañana me he convertido en novata del CMU San agustín. Quién me diría a mi que me divertiría tanto con gente que aún casi conozco. Quién me diría a mi que viviría una tragedía el segundo día de mi estancia aquí. Quién me diría a mi que salir a correr por Avenida Complutense sería tan reconfortante. Quién me diría a mi que por fin me estoy dando cuenta de lo que valgo, que no es poco. Quién me diría a mi que no me siento menos guapa por no maquillarme. Quién me diría a mi que sea ahora cuando experimente emociones que creí que nunca llegarían. Quién me diría a mi que sería capaz de no echarme atrás con personas aparentemente inaccesibles. Quién me diría a mi que un simple gesto de aprecio me animaría a sonreir. Quién me diría a mi que experimentaría lo que realmente es el miedo. El miedo a perder. Perder a quienes más quiero, perder las llaves de la 213, perder la vergüenza, perder la dirección, perderme yo. En fin, quién me diría a mi que a pesar de todo lo que dejo artás, me gusta mi nueva vida. No es mejor que la que se queda con 18 años de mi vida. Ni peor. Es diferente. Cambios, muchos cambios, pero yo los recibo con los brazos abiertos, con la mirada despejada, con las ganas en el cielo, con hormigas en el estómago, con fuertes latidos en mi corazón, con mi juventud despegando hacía sabe Dios a donde. Pero este miedo no me asusta. Me preocupa menos que no tener miedo, porque es algo con lo que ya contaba...
Quién me diría a mi que se acumularían las despedidas, que nunca llegue a despedirme porque siempre serán un hasta pronto. Quién me diría a mi que sonreiría al escuchar "te fuite". Quién me diría que ante la tristeza ganen miles de carcajadas. Quién me diría a mi que me soltaría el pelo y ahora ande con la melena al viento sin preocuparme por qué dirán. Quién me diría a mi que la felicidad dura más que una telenovela. Nadie me lo diría, nadie me lo ha dicho ni me lo dirá nunca, pero prefiero que sea así. Porque la magía de la vida está en no esperar que lo que se nos antoja suceda, sino en aprovechar lo que nos está sucediendo ahora, a las 3:13 de la mañana. Y ahora lo sé, se que voy a disfrutar de cada momento a fuego lento, con la seguridad de que no me quemaré, y si así sucede, seguro que pronto encuentro la cura.
Quién te diría a ti que estoy escribiendo palabras optimistas. Quien te diría a ti que justo aquí acaba lo que escribo.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Septiembre y seguimos.


Sinceramente, no se qué escribir. Mi verano está llegando a su fin. Y si, ha tenido grandes momentos, pero no ha sido " el verano", ese del que tantos hablan, el verano de mi vida. Sólo me queda pensar que el repartidor de veranos inolvidables se olvidó de pasar por mi casa. Una pena, aún así no ha sido tan malo, en absoluto. He desconectado en muchos aspectos, punto a favor. He cogido algo de colorcillo, punto a favor. Me he sacado el carnet de conducir, la EOI, selectividad y en pocos días me voy a Madrid a estudiar a la uni, puntos a favor. Me he divertido, he bailado, he reído, he conocido a gente fabulosa, puntos a favor.
Pero soy muy inconformista, siento que me falta algo. Y sé qué es, y si me conoces intuirás de qué se trata. Quiero a esa persona a mi lado. Esa persona que me haga reír y llorar. Que comparta conmigo mis mejores momentos, y que en los peores esté ahí para decirme:" Hey, todo ira bien". Que me mire a los ojos con deseo y yo devolverle la mirada. Que sienta que a su lado da igual que pase el huracán Katrina o la 3ª Guerra Mundial, porque estamos él y yo. Vivir  con él mis noches más locas y mis desayunos más dulces. Intercambiar defectos, y que eso nos una más. Tantas, tantas cosas nuevas sólo con la presencia de una  persona. Que puede que en el mundo sólo sea una más, pero que llegue a ser mi mundo. Quiero a esa persona que sin piedad se adueñe de cada rincón de mi corazón, que me haga sentir en una montaña rusa…A cambio estoy dispuesta a aceptar altibajos, yo, que tengo un máster en bipolaridad.

Desgraciadamente esa persona sigue desaparecida, pero mírame, a pesar de eso soy feliz con mi vida.
No tengo un prototipo, pero se que cuando aparezca sabré que es él.



miércoles, 11 de julio de 2012

Nadie está para mi

Y aquí estoy. En escasas horas mi vida cambiará radicalmente, a bien o a mal. El caso es que mis esperanzas se desvanecen y me siento muy pesimista. No sé que pasará, y créeme que la incertidumbre es una de las peores sensaciones que se puede tener. El vacío de no saber. Pero nadie lo nota, nadie se da cuenta por lo que estoy pasando y me estorban con palabras egoístas que sólo buscan su propio beneficio.
Quiero un minuto de alguien para mi y a la vez quiero que todos me dejen en paz. Lo estoy pasando mal.
Joder, a veces me siento tan invisible a los ojos de gente por la que me preocupo que siempre acabo cuestionándome la relevancia de mi existencia. Porque eso es lo que soy, una existencia más. Efímera como todos, de paso por este mundo, y a veces miro a los ojos de algunas personas y siento que estoy equivocada. Parecen tan seguros de su sitio en el mundo...
Extrañamente siempre acabo riendo, ¿que por qué? Sencillo, porque esa actitud es lo más patético que he visto nunca.

viernes, 8 de junio de 2012

Sin margen a la suerte.


Por mucho que aparentemos esperarlo, nunca creemos que lo malo nos vaya a pasar a nosotros. Siempre queda esa esperanza, esa maldita esperanza que parece socorrerte y después es un profundo puñal que se clava, vaya que si se clava, en donde más nos duele: las ganas de seguir adelante y luchar.
Porque cuando caes, cuando pierdes, entonces es cuando realmente te das cuenta de que nada ni nadie está asegurado y que no se puede dejar margen a la suerte. Nunca. Tal vez este sea el principal motivo de nuestras desgracias: la suerte. Jamás le verás las cartas al jugar y no sabrás sus intenciones. La suerte jamás tuvo consideración ni empatía. Por ello, hay que evitar por todos los medios posibles jugar con ella.
De mis 18 años de experiencia en este lugar llamado mundo, he dejado muchas oportunidades en sus manos. A veces me ha sonreído, otras me ha traicionado. Pero aquellas veces en las que he logrado lo que espero a base de esfuerzo, trabajo y constancia, son las veces que más seguro he tenido mi éxito. Y por supuesto las veces que mejor me ha sabido. Pero es muy cómodo dejarlo al azar, y que pase lo que tenga que pasar, siempre esperando que eso que pase sea en nuestro beneficio. Porque es cierto que los sueños, aunque nos empeñemos, no se consiguen  por arte de magia, porque la palabra éxito sólo viene antes que  trabajo en el diccionario.
La esperanza en nuestras esperanzas  es un falso optimismo que encubre la falta de confianza en uno mismo y en nuestras capacidades para afrontar los retos sin tener que recurrir a la  suerte. Pero muchas veces no es culpa nuestra, sino de nuestra inocencia. El hecho de que quede esa ilusión de que si, que todo irá bien, no es optimismo, es inocencia. Una inocencia derivada en muchas ocasiones de la ignorancia. Con esto no quiero decir que quien tiene esperanzas es un ignorante, no se puede generalizar algo tan arriesgado. Pero si es cierto que las personas  que más  ignoran la dureza de la vida, suelen ser las que más confían en las esperanzas de que  aquello que quieren que salga bien no se les tuerza. Desgraciadamente, muchos somos inválidos psicológicamente, y nuestra silla de ruedas es la suerte.



 Recomiendo: Match Point .

jueves, 9 de febrero de 2012

Por ejemplo: Empecemos con un chocolate a las 18.28 pm.


Es posible que aquel señor de bigote que transmitía tanto misterio y desconfianza tuviera razón cuando propuso la ejemplaridad como solución al inmenso desorden social en que vivimos. Pero, como tantos otros artistas no fue escuchado. Al contrario, fue etiquetado de perturbado y pasó  a ser criticado sin juico, pero como muchos prejuicios, por gente que seguramente jamás sirvió de ejemplo a nadie.
Pero la cantidad de distintos modelos a seguir existentes es directamente proporcional al infinito, e inversamente proporcional a las verdades universales.
Precisamente de este asunto charlaba el pasado jueves con mi abuela. Era por la tarde, el sol aún estaba en lo alto, así que si mis cálculos no fallan serían unos 10 minutos más tarde de la hora a la que siempre nos veíamos, las 18:28 pm. 
Siempre me ha fascinado mantener conversaciones con mi abuela, porque me hacía sentir como un adulto. Si, ella veía más allá de mis inocentes ojos de 11 años de edad. Sabía exactamente lo que necesitaba solo con observar mi comportamiento, y yo sabía exactamente sus anhelos solo con adentrarme en sus pupilas. Estábamos completamente compenetrados, éramos como uña y carne. Me vio crecer y gracias a ella crecí.
Lo que más me agradaba cuando le hacia la visita diaria, siempre a la hora de la merienda, era la sonrisa que se le esbozaba al recibirme. Es posible que se trate de una de esas excepcionales sonrisas que sólo puedes describirle a tu cabeza, pero es cuan menos comparable con la aurora boreal.
Su sonrisa era como un aliciente a consumir de su sabiduría, que no era poca. Yo siempre le preguntaba y preguntaba, y ella siempre me respondía a todo minuciosamente y sin ninguna muestra de agotamiento como las otras personas mayores. Al contrario, disfrutaba casi tanto como yo.
Unos días me contaba sus experiencias de joven, otros días me hablaba de ciencia, y otros me daba consejos para llegar a ser alguien valioso y digno de imitación en un futuro. Decía que eso es más importante que todo el dinero del mundo, y solía repetirme que nunca, pase lo que pase, debo renunciar  a ser quien soy.
Tal vez, llegué a comprender sus palabras porque ella confiaba en mí capacidad, pero soy consciente de que no es algo habitual a mi edad. Tampoco he tenido una infancia corriente.
Aparentemente era un niño normal, pero el excesivo cansancio, la fiebre intermitente o el dolor en mis huesos pusieron en evidencia  esta normalidad. A los cuatro años me diagnosticaron Leucemia. Pero eso ya pasó, fueron tres años durante los que sufrí, pero también aprendí cosas increíbles en tan poco tiempo de experiencia en la vida.  Y aquí se encuentra la relación con mi abuela y con el señor “perturbado”.
A estas alturas, ya habrá interrogantes acerca del paradero de mi querida abuela. Contestaré con algo que ella me enseñó: No hay que precipitarse, cada cosa llega a su debido momento.
Bien, pues durante esa conversación que antes he mencionado, ella me dijo cosas que, según los que están en “la cima del cotarro” (como ella solía decir), no debemos conocer los niños. Yo le pregunté que si es un secreto como el de los reyes magos y su respuesta me sorprendió. Me dijo que no, porque ocultarnos esta información no esconde una intención inocente, sino manipuladora. Y acabó con un: <<Cuando seas un poco más mayor lo entenderás, cariño>>. Después se le escapó una risa floja y bastante experimentada.
Una de las cosas que me dijo es que el poder desde siempre a corrompido hasta al hombre más humano, que me ande con cuidado de caer en sus garras. También me habló de fenómenos como el calentamiento global o el efecto invernadero. De la violencia callejera, de lo peligrosas que pueden llegar a ser algunas personas que también fueron niños inocentes como yo, pero que no fueron guiados  por un buen camino, o más bien, por un buen modelo a seguir.
Automáticamente despertó mi curiosidad por conocer a la persona más ejemplar que exista, para elegir bien, pues siempre he sido muy precavido. Aquella fue la única vez que mi abuela no supo responder. Pero su respuesta estaba en su silencio. Mi modelo a seguir es ella.
No recuerdo cómo, pero seguimos conversando hasta el anochecer. Llegué a descubrir que no todo el mundo tiene la misma influencia en la forma de actuar del resto. Que sobre todo, aquellas personas de la vida pública deben mostrar una conducta correcta y servir de ejemplo al resto. De su boca salieron nombres de políticos y reyes que no consigo recordar.
Quise hablarle de la televisión, pero ella no mostró mucho entusiasmo. Estaba muy decepcionada con la conducta de varios personajes de algunos canales. Me dijo que la intención de estos no sólo es entretener. Quieren llamar la atención, y hacer normales conductas incoherentes. Yo le di la razón ciegamente, ella me reprimió. Acto seguido me explico por qué:
-          Hijo, nunca des la razón a alguien sin antes dudar de su opinión. Debes aprender a tener criterio propio y no dejarte manipular. Y siempre recuerda: respetar una opinión no significa posicionarte de su lado. Puedes discrepar, pero siempre con educación. Así, llegarás a ser alguien ejemplar.
-          ¿Ejemplar como el señor de bigotes del que me has hablado antes, abuela?
-          Si, o incluso más aún.
Después, con la escusa de tener la boca seca, nos tomamos un chocolate caliente. Pero no era un simple chocolate. Era nuestro chocolate, una receta especial que hicimos un día y que prometimos no revelar a nadie. Nunca.


Y aquí estoy, solo. Tomándome “nuestro chocolate de receta inconfesable” mientras me indigno por la falta de personalidad de algunas personas. Me lleno de impotencia al no poder hacer nada por cambiar ciertas conductas ilógicas…
 Estos cambios anotados en mi mente podrían ser el primer paso para cambiar tanto desorden, tanta maldad, tanta injusticia…Pero esto es sólo un ejemplo, que sea seguido está fuera de mi alcance.
Son las 18:28, en dos minutos sonarán las campanadas que anunciarán el funeral de mi abuela. Pero yo ya le he dado la despedida que ella quería. Nuestro chocolate, a nuestra hora.
Esto puede ser un buen comienzo de mi etapa como “señor de bigote”, y espero que para cuando mi voz esté agotada, yo también tenga a alguien pequeño por fuera y grande por  dentro llamando a mi timbre a la hora de la merienda cada día. Prometo ser su profesor, y darle lecciones de vida. Pero lo que más deseo es despertar su interés y llegar a ser su maestro.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Con lágrimas en los ojos.


Punto y aparte. Pero yo sólo pasaba por aquí, por tu vida, y ya me voy. Punto y seguido. Espero que este sea el punto y final.


jueves, 12 de enero de 2012

"Me encanta pasear cuando llueve porque nadie 


puede verme llorar"
 Rowan Atkinson.


No eres silencio, no soy pared.


Es posible que haya topado con el quid de la cuestión. Me explico. Hace tiempo que busco el por qué de muchas cosas, pero sobretodo de una que me tiene altamente intrigada: ¿Por qué hace falta empatía para que la sociedad funcione?
Hace un par de años ni se me hubiera ocurrido esta pregunta,  siempre he supuesto que las personas somos como tenemos que ser y que no existen las malas personas, sino las pésimas interpretaciones de los actos o los errores. Pero estaba muy equivocada…
Y ahora soy consciente de la crisis que tenemos encima y de lo endeudados que estamos con la moral. Pero arrojando un poco de luz al asunto, en defensa del ser humano diré que estamos a tiempo de solucionarlo. Que no cunda el pánico, no voy a dar un discurso a cerca de la moral ni mucho menos, estoy aquí para revelar la solución, o al menos intentarlo.
Desde nuestros inicios, la raza humano siempre actuó según sus preferencias sin mirar por los demás primero. Aunque siempre hay excepciones que confirman la norma. Pero esta actitud egoísta de lo más natural solamente entorpece nuestro progreso personal y, obviamente, atasca la relación con otras personas. Como consecuencia, nunca buena, podemos encontrarnos con una sociedad desestructurada.
Por eso admiro tanto a las personas capaces de ponerse en el lugar de otros antes de juzgar. Que no es necesario compadecerse del mal ajeno, sólo saber que está ahí, darse cuenta, no pido nada más.
Y aquí va mi solución: escuchar y entender.
Desde tiempos inmemorables, grandes sabios nos advierten de la importancia de saber escuchar. Veamos cierta frase que Séneca solía decir: “El que callar no puede, hablar no sabe”. Si tanta admiración sentimos por estos estas personas, díganme, ¿Cuál es el problema en seguir sus consejos?
El ser humano tiene la increíble capacidad de entender. Siento pena cuando veo esta cualidad inutilizada o como la ropa recién comprada: sin estrenar.
Si no me creen, alguien con más credibilidad como Albert Einstein    reafirmara mi teoría de la importancia de llegar a entender a los demás: “La alegría de ver y entender es el más perfecto don de la naturaleza”.
Hasta aquí mi trabajo de informar, después cada mente humana escogerá según sus intereses y preferencias, como siempre acostumbró a hacer.