jueves, 24 de octubre de 2013

Los hombres también lloran

Vamos, piensa en una naranja. Da igual que sea pequeña o grande, verde o madura, dulce o agria....sigue siendo una naraja.
 Independientemente de su lugar de origen, ella endurecerá y caerá del árbol que la abrigó mientras la veía crecer. Puede que esa naranja haya llegado al bar de la esquina de tu barrio, o puede ser la naranja que tu madre compre mañana en el supermercado. O quién sabe, tal vez quede a la sombra del naranjo porque nadie quiso apreciarla. 
Si las naranjas tuvieran sentimientos, es probable que la naranja del bar esté orgullosa por ser utilizada para hacer un zumo natural recien exprimido con cariño por el camarero del bar para, por ejemplo, una chica que ha tenido un mal día en las clases y necesita vitaminas que le ayuden a afrontar el día.
Y puede que la naranja del supermercado no esté feliz con su destino, pero al menos no está sola. Pero quizá la naranja que quedó abandonada en el suelo se sienta triste y sola.
Si cogemos las tres naranjas y las pinchamos, seguro que las tres lloran. En el mundo en el que las naranjas pueden sentir, es posible que al principio la naranja del bar y la del supermercado finjan una fachada más resistente y fría por su mejor situación, y la naranja abandonada todo lo contrario por su destino incierto y pesimista.
Pero no olvidemos que cuando les hagan daño, van a llorar.

Sin una burbuja están perdido

No sé qué sería de mi sin mi burbuja. Aquí dentro estoy, alejada de todo el ruido exterior. En mi burbuja no existen los problemas, quedan fuera. Nada de insensatos, nada de problemáticos, nada ofensivo, nada de desastres humanos, nada de catástrofes naturales, nada de preocupaciones, nada de remordimientos, nada de perturbaciones, nada de impertinencias, nada de penas, nada de nada.
Yo me quedo sumergida un rato mientras vosotros intentáis mataros los unos a los otros. Puede que yo no sea parte de la solución, pero así al menos tampoco lo soy del problema.