lunes, 28 de noviembre de 2011

No, de nada.


No. Que ganas tenía de soltarlo, porque aunque parezca una de las palabras más sencillas de decir, a veces cuesta, y mucho.
Hay situaciones que te piden a gritos un "NO", en cambio muchas veces decimos "SI" porque…¿Por qué? ¿Por qué cuando esa amiga interesada te llama para quedar cuando no queda nadie más le dices que si? ¿Por qué cuando estas desbordada en el trabajo y a última hora de ese horrible Lunes con tu mesa llena de papeles llega tu superior con un nuevo trabajo aceptas? ¿Por qué cuando te dan un pisotón de esos que duelen hasta horas después y nos preguntan que si estamos bien decimos que si?¿Por qué cuando te piden ir a un lugar y tu quieres quedarte dónde estás accedes a ir? ¿ Por qué cuando una persona  fea nos pregunta si nos parece  guapa no somos sinceros? ¿Por qué no podemos decir que no nos gusta ese jersey amarillo chillón más visible que las señales de trafico fluorescentes por la noche, que con tanto amor nos regaló la  abuela?
Porque decir que no a algo nos cuesta más que hacer aquello que aborrecemos para evitar las consecuencias de la negación. Porque a todos nos molesta que nos nieguen algo que queremos sin ponernos en el lugar de la otra persona, o fingiendo que lo hacemos pero intentando inculcar nuestras propias preferencias.
 Nos pasamos la vida intentando evitar el "NO" para complacer al resto (meta imposible), pero lo cierto es que "NO" debería ser nuestra palabra favorita.

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