Es posible
que aquel señor de bigote que transmitía tanto misterio y desconfianza tuviera
razón cuando propuso la ejemplaridad como solución al inmenso desorden social
en que vivimos. Pero, como tantos otros artistas no fue escuchado. Al
contrario, fue etiquetado de perturbado y pasó
a ser criticado sin juico, pero como muchos prejuicios, por gente que
seguramente jamás sirvió de ejemplo a nadie.
Pero la
cantidad de distintos modelos a seguir existentes es directamente proporcional
al infinito, e inversamente proporcional a las verdades universales.
Precisamente
de este asunto charlaba el pasado jueves con mi abuela. Era por la tarde, el
sol aún estaba en lo alto, así que si mis cálculos no fallan serían unos 10
minutos más tarde de la hora a la que siempre nos veíamos, las 18:28 pm.
Siempre me ha
fascinado mantener conversaciones con mi abuela, porque me hacía sentir como un
adulto. Si, ella veía más allá de mis inocentes ojos de 11 años de edad. Sabía
exactamente lo que necesitaba solo con observar mi comportamiento, y yo sabía
exactamente sus anhelos solo con adentrarme en sus pupilas. Estábamos
completamente compenetrados, éramos como uña y carne. Me vio crecer y gracias a
ella crecí.
Lo que más me
agradaba cuando le hacia la visita diaria, siempre a la hora de la merienda,
era la sonrisa que se le esbozaba al recibirme. Es posible que se trate de una
de esas excepcionales sonrisas que sólo puedes describirle a tu cabeza, pero es
cuan menos comparable con la aurora boreal.
Su sonrisa
era como un aliciente a consumir de su sabiduría, que no era poca. Yo siempre
le preguntaba y preguntaba, y ella siempre me respondía a todo minuciosamente y
sin ninguna muestra de agotamiento como las otras personas mayores. Al
contrario, disfrutaba casi tanto como yo.
Unos días me
contaba sus experiencias de joven, otros días me hablaba de ciencia, y otros me
daba consejos para llegar a ser alguien valioso y digno de imitación en un
futuro. Decía que eso es más importante que todo el dinero del mundo, y solía
repetirme que nunca, pase lo que pase, debo renunciar a ser quien soy.
Tal vez,
llegué a comprender sus palabras porque ella confiaba en mí capacidad, pero soy
consciente de que no es algo habitual a mi edad. Tampoco he tenido una infancia
corriente.
Aparentemente
era un niño normal, pero el excesivo cansancio, la fiebre intermitente o el
dolor en mis huesos pusieron en evidencia
esta normalidad. A los cuatro años me diagnosticaron Leucemia. Pero eso
ya pasó, fueron tres años durante los que sufrí, pero también aprendí cosas
increíbles en tan poco tiempo de experiencia en la vida. Y aquí se encuentra la relación con mi abuela
y con el señor “perturbado”.
A estas
alturas, ya habrá interrogantes acerca del paradero de mi querida abuela.
Contestaré con algo que ella me enseñó: No hay que precipitarse, cada cosa
llega a su debido momento.
Bien, pues
durante esa conversación que antes he mencionado, ella me dijo cosas que, según
los que están en “la cima del cotarro” (como ella solía decir), no debemos
conocer los niños. Yo le pregunté que si es un secreto como el de los reyes
magos y su respuesta me sorprendió. Me dijo que no, porque ocultarnos esta
información no esconde una intención inocente, sino manipuladora. Y acabó con
un: <<Cuando seas un poco más mayor lo entenderás, cariño>>.
Después se le escapó una risa floja y bastante experimentada.
Una de las
cosas que me dijo es que el poder desde siempre a corrompido hasta al hombre
más humano, que me ande con cuidado de caer en sus garras. También me habló de
fenómenos como el calentamiento global o el efecto invernadero. De la violencia
callejera, de lo peligrosas que pueden llegar a ser algunas personas que
también fueron niños inocentes como yo, pero que no fueron guiados por un buen camino, o más bien, por un buen
modelo a seguir.
Automáticamente
despertó mi curiosidad por conocer a la persona más ejemplar que exista, para
elegir bien, pues siempre he sido muy precavido. Aquella fue la única vez que
mi abuela no supo responder. Pero su respuesta estaba en su silencio. Mi modelo
a seguir es ella.
No recuerdo
cómo, pero seguimos conversando hasta el anochecer. Llegué a descubrir que no
todo el mundo tiene la misma influencia en la forma de actuar del resto. Que
sobre todo, aquellas personas de la vida pública deben mostrar una conducta
correcta y servir de ejemplo al resto. De su boca salieron nombres de políticos
y reyes que no consigo recordar.
Quise
hablarle de la televisión, pero ella no mostró mucho entusiasmo. Estaba muy
decepcionada con la conducta de varios personajes de algunos canales. Me dijo
que la intención de estos no sólo es entretener. Quieren llamar la atención, y
hacer normales conductas incoherentes. Yo le di la razón ciegamente, ella me
reprimió. Acto seguido me explico por qué:
-
Hijo,
nunca des la razón a alguien sin antes dudar de su opinión. Debes aprender a
tener criterio propio y no dejarte manipular. Y siempre recuerda: respetar una
opinión no significa posicionarte de su lado. Puedes discrepar, pero siempre
con educación. Así, llegarás a ser alguien ejemplar.
-
¿Ejemplar
como el señor de bigotes del que me has hablado antes, abuela?
-
Si,
o incluso más aún.
Después, con
la escusa de tener la boca seca, nos tomamos un chocolate caliente. Pero no era
un simple chocolate. Era nuestro chocolate, una receta especial que hicimos un
día y que prometimos no revelar a nadie. Nunca.
Y aquí estoy,
solo. Tomándome “nuestro chocolate de receta inconfesable” mientras me indigno
por la falta de personalidad de algunas personas. Me lleno de impotencia al no
poder hacer nada por cambiar ciertas conductas ilógicas…
Estos cambios anotados en mi mente podrían ser
el primer paso para cambiar tanto desorden, tanta maldad, tanta injusticia…Pero
esto es sólo un ejemplo, que sea seguido está fuera de mi alcance.
Son las
18:28, en dos minutos sonarán las campanadas que anunciarán el funeral de mi
abuela. Pero yo ya le he dado la despedida que ella quería. Nuestro chocolate,
a nuestra hora.
Esto puede
ser un buen comienzo de mi etapa como “señor de bigote”, y espero que para
cuando mi voz esté agotada, yo también tenga a alguien pequeño por fuera y
grande por dentro llamando a mi timbre a
la hora de la merienda cada día. Prometo ser su profesor, y darle lecciones de
vida. Pero lo que más deseo es despertar su interés y llegar a ser su maestro.